Entrevista maruja Torres

MARUJA TORRES: “LA COCINA DE MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN ERA UNA COCINA DONDE SE COMPARTÍA”

Maruja Torres (Barcelona, 1943) no necesita presentación. Ganadora de innumerables premios, lo cierto es que su más de medio siglo de maravillosa escritura, tanto en la prensa como en sus libros, bastan como tarjeta de presentación de esta mujer tan irreductible como íntegra, tan libre como genial. Escuchar a Maruja Torres, charlar con ella sobre cualquier tema, es una delicia a la que nadie en su sano juicio podría renunciar, pero si además se trata, como sucederá el próximo 6 de febrero en la inauguración del Festival Archigula de Literatura y Cultura Gastronómica, de recordar la figura de uno de los más grandes escritores y gastrónomos que hemos tenido en este país, Manuel Vázquez Montalbán, la autora barcelonesa se convierte en absolutamente imprescindible. Y precisamente en esa inauguración será la protagonista, junto a los chefs Xabier Gutiérrez (a punto de publicar nueva novela gastropolicíaca) del restaurante Arzak; Sacha Hormaechea chef de Sacha; y  Miguel López Castañier, de El Chiscón de Castelló.

PREGUNTA: ¿Qué le parece la idea de unir literatura y gastronomía en un Festival en el que participan a un tiempo grandes escritores y premiados chefs?

RESPUESTA: Para empezar, me parece una idea sumamente astuta, porque yo creo que hoy en día se venden más los libros de gastronomía que los de literatura. No estoy segura, no tengo datos, pero sí he oído cosas sobre esto. Pero, en cualquier caso, me parece una idea fantástica porque hay muchos escritores en cuya obra está muy integrada la gastronomía. Creo que la gastronomía no deja de ser un arte, aunque sea efímero y fugaz, y que gracias a que hay escritores queda, se perpetúa . Yo no quiero menospreciar a los cocineros que escriben sus recetas, pero siempre me las como más a gusto sin van envueltas en una buena historia

P:El primer día del Festival se dedica a rendir homenaje a la figura de Manuel Vázquez Montalbán ¿Qué es lo que más echa en falta de él, aparte de a él mismo?

R: A parte de a él mismo, echo mucho en falta el apoyo moral y profesional que siempre me daba. Siempre estaba ahí con su generosidad, una generosidad que formaba parte de él. Echo en falta sus opiniones, sus discusiones cuando no estábamos de acuerdo. Y también echo a faltar sobre todo lo que ya, clarísimamente, no tengo, que son los fines de año en los que nos recibía a sus amigos en su masía para celebrarlos con él. En aquellas fiestas yo era siempre una colateral, porque como soy mujer sola, Manolo siempre se sentaba a mi lado y siempre me decía: “siéntate aquí que éste es el oído bueno”. Nos divertimos mucho juntos.

P:¿Con cuál de los Manolos que conoció se queda, con el escritor genial, el intelectual comprometido, el comensal, el  anfitrión, el amigo entrañable?

R: Es muy difícil elegir porque realmente había muchos Manolos. Estaba el que viajaba y tenía por todas partes seguidores y amigos. El que visitaba las universidades. Pero mi Manolo, aparte del de la época del “Por Favor” donde estuvimos trabajando casi tres años, una época efervescente y al mismo tiempo de mucho desánimo, con Franco todavía vivo. Era el Manolo al que podía ver a diario en la redacción , eso era un lujo. Sí, al Manolo que más echo en falta es a ese que se sentaba a mi lado en la redacción y con el que me tropezaba por Barcelona y muchísimas veces estaba comprando por mi barrio, donde le encontraba como un cazador furtivo mirando las tiendas de alimentación.

P:¿Qué era para usted ese irrepetible detective gastrónomo que fue Pepe Carvalho?

R: Para mí, Carvalho era un ser asentado sobre el que nunca le preguntaba nada a Manolo porque para mí era él mismo, solo que se pintaba más guapo, se pintaba como le hubiera gustado ser . Siempre nos pasa eso porque no nos damos cuenta de que si nos quieren es porque somos como somos.

P:¿Cual es su libro favorito de Vázquez Montalbán?

R: Desde siempre fue “Los mares del sur”. Eso por lo que a la serie de Carvalho se refiere, porque también disfruto mucho con su poesía. Su poesía es lo único que me he atrevido a releer de él después de su muerte. Me cuesta mucho releer sus otras obras sin echarme a llorar como una Magdalena. Pero sí, hay un Manolo que yo adoraba y que cito en mi libro “Esperadme en el cielo” , es el Manolo poeta que cerraba todo y se iba a su mundo propio, el mundo de Manolo poeta.

P: ¿Cómo era en los fogones Manolo Vázquez Montalbán?

R: Él no era de los que se encerraban a cocinar. Su cocina en su masía del Ampurdán era grande, abierta, una cocina despensa, era como una cocina de ensueño que tenía ese punto antiguo con los utensilios colgados  y con productos de la mejor calidad, todo era bueno. Manolo tenía algo sensacional, su propia magnificencia para consigo mismo y para con los demás. Invitaba a sus amigos y estaba a gusto con ellos cocinando en la cocina. Aquella cocina formaba parte de su vida y le daba satisfacciones con las que ni siquiera se había atrevido a soñar en su infancia y su juventud. Manolo estaba allí con su delantal sin dejar de moverse para preparar la cena y los aperitivos, pero no perdía la conversación y nos hacía probarlo todo. Estábamos siempre compartiendo, no era en absoluto una cocina cerrada, era una cocina donde se compartía. Recuerdo que el último arroz que nos hizo aquel último verano, justo antes de marcharse de viaje, se le pasó de tanto hablar con nosotros pero también hizo unas deliciosas alcachofas con caviar y salsa holandesa que no olvidaré nunca.

P:¿Recuerda Maruja Torres como eran sus famosas lentejas con zampone y los turrones que él elegía para sus amigos?

R: Lo comíamos en fin de año y aquellas nocheviejas eran magníficas, aparatosas, con el aperitivo ya casi tenías bastante y ya te podías morir, pero luego venía un “cenón” alucinante en el que las lentejas no podían faltar para que dieran suerte, como en la tradición italiana. Estaban buenísimas y el zampone se lo mandaban de Italia, de Bolonia, y como le parecía poco hacía un trinchat espléndido, un plato de verdura catalana que se cuece y se dispone poniéndola en forma de flan, salteada previamente con tocino, con foie al rededor y cubierto con trufa blanca rallada que Manolo se traía de Italia en los bolsillos. Manolo era enorme. La suerte fue que lo conocí y que le traté durante varias décadas, pero no es sustituible, aún se te caen las paredes interiores por su ausencia.

P: ¿Cómo ha sido tradicionalmente la relación entre literatura y gastronomía?

R: No soy especialista en ese tema, sólo soy una observadora, pero creo que desde hace muchísimo tiempo hay una estrecha relación entre ambas. De hecho, en muchas partes de  “El Satiricón” no se hace más que, en cierto sentido, comer. Pero a mí lo que me fascina es la relación de la literatura y el hambre. Y lo mismo me pasa con el cine, no hay películas en las que se coma más y con más hambre que en las películas de la posguerra española.  Recuerdo a Fernando Fernán Gómez entrando en una casa en “El malvado Carabel” y exclamando admirado: “¡Andá, churros!”. Y lo mismo pasa en un montón de películas como “El Pisito” y muchas otras en las que los personajes están comiendo, están intentado comer , están siempre en la cocina. La literatura, el cine, el sexo y la gastronomía son parte fundamental de la vida.

P: ¿Es usted de los que piensan que la cocina hizo al hombre?

R: No, yo creo que la necesidad hizo al hombre y a la cocina, a la gastronomía básica, y a partir de ahí el hombre se reinventa

P: ¿Cuál es su restaurante favorito para comer con su familia y sus amigos?

R: Los restaurantes que conservan su carácter, esos que en ningún momento deberían desaparecer ni ser destruidos porque saben hacer los platos de la cocina de siempre. Me gusta mucho probar cosas nuevas pero ya soy un poco reacia a los platos cuadrados y rectangulares. Prefiero el plato redondo.

P: ¿Qué es lo que más le gusta cocinar a Maruja Torres cuando se mete en la cocina?

R: Mis arroces son legendarios (Risas). Son legendarios no por ellos mismos, aunque realmente son sabrosos y muy buenos, sino porque me he dedicado a hacerlos en todas partes. Yo cada vez que veía que había hambre y que estábamos escasos, por ejemplo en Haití, en Puerto Príncipe, donde tuve que ir como periodista y donde estábamos los corresponsales lampando y aburridos de comernos cada día un huevo de unas gallinas que se paseaban por las cunetas llenas de cadáveres, hice un arroz con lo que había en la embajada española, que nos la dejaron a los periodistas cuando se fue el embajador, un arroz muy bueno con sólo un par de verduras . Pero son arroces, no paellas. A la paella  no he sabido cogerle el punto pero como mi padre era de Alicante y mi madre de Cartagena con la excusa del Levante  hago los arroces un poco caldosos pero siempre muy sabrosos y en su punto.

P: ¿Tortilla de patata con o sin cebolla o deconstruida?

R: Deconstruida no, porque la he probado y a mí me gusta más sentir la consistencia en el paladar. Si hay que hacer algo inconsistente que sea con otra cosa, pero no con el huevo, por el amor de Dios. Lo que más me gusta de la cocina que llamamos nueva, aunque ya no lo es, e innovadora, es que las raciones sean pequeñas. Pero me gustaría mucho que en este tipo de cocina  la decoración no se comiera el producto.

P: ¿Cuál es tu cocina favorita?

R: Me gusta mucho la cocina ampurdanesa, me encanta porque mezcla mar y montaña, dulce y salado. Podría decir que esa es mi favorita, pero la verdad es que tengo buen diente, no hago ascos a ninguna gastronomía. Incluso me he aficionado a comer pescado crudo con los japoneses, es delicioso, aunque me preocupa la cantidad de mercurio, aunque esa es otra historia.

P: ¿Qué les pedirá a Sacha Hormaechea y Miguel López Castañer con los que va a coincidir en el Festival Archigula?

R: Estoy abierta a todas sus sugerencias, pero en homenaje a Manolo Vázquez Montalbán yo sugeriría esas alcachofas  con caviar y salsa holandesa que fue lo último que compartimos en la mesa. Y también hacía una butifarra envuelta en hojaldre que era fastuosa. Te comías eso y luego tenías que ir al baño a esnifarte una lechuga para compensar, porque había muy poca verdura cruda en la mesa de manolo, él era muy proteínico.

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